En una sociedad estructurada, existen
diferentes manifestaciones de conducta colectiva, las cuales fueron estudiadas
desde varias perspectivas filosóficas, sociológicas y psicológicas, entre otras
corrientes, que intentaron aportar una comprensión y definición de las clases
de comportamiento de una colectividad.
Las movilizaciones reivindicativas de la
población en el siglo XIX, vinculados a grupos organizados y público definidos (Buitrago,
2010), influyeron en pensadores como Gustave LeBon quien, a principios del
siglo XX, intenta explicar la conformación de la multitud, uno de los tipos de conducta colectiva surgidos en las
sociedades industriales capitalistas, desde el ámbito de la psicología de las
masas (Pierce, 1994), y la define como un producto de la evolución de las
sociedades, identificándola con las clases populares que utilizan la violencia
y la destrucción como medios para dejarse escuchar.
Una multitud, de acuerdo a la
caracterización de LeBon, puede encontrarse en el movimiento indígena de
Ecuador que, en la década de los noventa del siglo XX, protagonizó uno de los
más significativos hechos de la política moderna de América Latina (Bengoa,
2009), seguida por muchos movimientos de reivindicación social en Centro
América y con mayor énfasis en Bolivia. Sus demandas fueron atendidas cuando
las multitudes indígenas, predispuestas por motivos emocionales después de
siglos de aislamiento y explotación, expresaron su descontento en las ciudades,
protagonizando saqueos y ataques a los símbolos del poder criollo (Moreno y
Figueroa, 1992).
Estas multitudes anónimas, contagiadas del
resentimiento e impelidas por razones inconscientes, fueron en su origen causa
de temor de la población urbana, ante la cual se presentaba un grupo humano
dispuesto a reivindicar por la fuerza sus necesidades y derechos, sin que los
indígenas hayan logrado, en el primer momento de este proceso histórico,
traducir el descontento en opinión pública.
El intento de LeBon por explicar las
consecuencias violentas de la formación de una multitud como la descrita, no
fue considerado en los estudios posteriores sobre la formación de las
tendencias públicas, debido a que su naturaleza, hasta cierto punto irracional,
impide la estructuración de las mismas. Por ello, investigadores ulteriores
como Park y Blumer, desarrollaron sus estudios sobre otra manifestación
colectiva, a la cual denominaron el
público (Pierce, 1994), que constituye otro mecanismo evolutivo de la
sociedad y se caracteriza por la racionalización de su función.
De acuerdo a Pierce (1994), el público fue
entendido por Park como un método mediante el cual “las personas de diferentes
grupos establecidos pueden organizarse en nuevos grupos” (pág. 45), por
ejemplo, los gremios, asociaciones y partidos políticos. Posición complementada
por Blumer, quien sostiene que el público es un grupo amorfo variable, el cual
se enfrenta en los distintos momentos de la Historia a problemas, que intenta
resolver en base al debate de ideas, al argumento y contraargumento de las
partes (Pierce, 1994), que es la forma en la que se origina la opinión pública.
Lippmann, por su parte, profundiza las
posturas de Park y Blumer, determinando que todo público tiene dos conjuntos de
una población; los grupos de interés y los espectadores, que son influenciados
por los primeros (Pierce, 1994), dentro de este proceso de discusión, que busca
evidenciar el problema plantearlo de determinada manera o encontrar las
soluciones. En este escenario, Foote y Hart sostienen que existen cinco fases
(Pierce, 1994), las cuales se desarrollan en diferentes procesos históricos,
como en la consolidación del movimiento indígena de Ecuador.
Como se manifestó, las primeras irrupciones
de los movimientos indígenas en las urbes se manifestaron como multitudes
violentas, pero en el mismo período histórico, los grupos de interés del
indigenado buscaba una forma de que su lucha sea aceptada por el Estado
ecuatoriano, lográndolo con el posicionamiento de la interculturalidad y
plurinacionalidad, dos categorías que surgen como una forma alternativa de
lucha política, como señala Antonelli, M. et al. (2002).
El problema de origen para los indígenas
fue cómo plantear una lucha reivindicativa propia, alejada de las
organizaciones políticas y religiosas que los apoyaban, que sea a una vez
antagónica con la sociedad criolla y planteando propuestas de índole nacional
que afectaban a todo el Estado. En la fase propositiva, como señala
Sánchez-Parga (2010) coincidiendo con Touraine, el debate lleva a formular
líneas de acción que intentan resolver esta contradicción, definiendo y
estructurando los principios de identidad, oposición y totalidad.
En la fase política, los grupos de interés
debaten activamente sobre la esencia del problema, los indígenas lo enfrentan
planteando el concepto político de interculturalidad, como mecanismo para “la
decodificación y deconstrucción del orden del saber constituido desde el poder”
(Antonelli, M. et al., 2002, pág. 93). Pero, enfrentan la totalidad a través de
la plurinacionalidad con el fin de transformar el Estado criollo, como señala Antonelli,
M. et al. (2002), afectando sus concepciones constitutivas occidentales, en los
ámbitos políticos y jurídicos.
Dentro de la fase del programa, los indígenas rompen
con sus antiguos aliados de izquierda y proponen alianzas con ellos, en calidad
de iguales, (Sánchez-Parga, 2010), generan el levantamiento indígena de 1990,
como mecanismo de fuerza frente al Estado, que les permite sentarse a negociar
con las autoridades; y, en la fase de evaluación, donde se debate sobre el
éxito o fracaso de las acciones generadas, deciden participar en la vida
político - electoral del país, creando en 1995 el Movimiento de Unidad
Plurinacional Pachakutik (MUPP), que no solo agrupa a indígenas, sino a
criollos que se adhieren a sus propuestas (Sánchez y Freidenberg, 1998).
Para 2018, el movimiento indígena ha
sufrido avances y retrocesos, de estos últimos podemos visualizarlos en el
faccionalismo organizativo (Sánchez-Parga, 2010) y la alta migración del campo
a la ciudad, dispersando geográficamente las originarias entidades
comunitarias. Del antes poderoso MUPP, se evidencia su debilitamiento ante el
avance de nuevas tendencias dentro del movimiento en las provincias con mayor
población indígena de Ecuador. En Chimborazo, por ejemplo, la organización participativa
de los indígenas deviene en masa, cuando sus líderes se dividen y secuestran
los canales de comunicación de las bases
comunitarias, obligándolas a definirse electoralmente por uno de los caudillos
indígenas de Pachakutik, Amauta Yuyay (evangélicos) o Minga.
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